El desarrollo social y emocional del niño de 0 a 3 años

madre-con-nino-en-los-brazosTener seguridad en uno mismo, quererse y valorarse, gestionar las emociones de manera satisfactoria, saber relacionarse con los demás, ser sensible y empático hacia los otros, son características y habilidades que no aparecen de la nada. Los primeros años son determinantes para un buen desarrollo socioemocional y, aunque muchas otras variables influyen a lo largo de la infancia, sí podemos favorecer positivamente en esos primeros momentos en que se asientan las bases para un futuro desarrollo.

El bebé ya nace con una predisposición genética, como ser social que es, para atender y responder a los estímulos sociales y emocionales. Prefiere la cara y la voz humana ante cualquier otro tipo de estímulo y responde de manera sincronizada a la estimulación socioemocional proporcionada por el adulto.

A partir de ahí, la adquisición y desarrollo de las habilidades sociales y emocionales se produce de manera secuencial, siguiendo unas etapas evolutivas universales, aunque con importantes diferencias entre los individuos. El conocimiento y comprensión de dichas etapas y la forma en que el adulto estimule y responda a las necesidades del niño, puede facilitar que se produzca de manera positiva o, por el contrario, contribuir a desarrollar una personalidad con poca seguridad en sí mismo y pocas habilidades a la hora de relacionarse con los otros (excesiva dependencia, falta de autorregulación emocional o poca capacidad de empatía, entre otros, aspectos todos ellos que provocan sufrimiento emocional en la persona). En nuestra mano está, al menos en gran parte, poder evitarlo.

El desarrollo social y emocional puede dividirse en tres grandes etapas, marcando el paso de una a otra, diferencias importantes y saltos cualitativos en la comprensión e interacción con los otros y consigo mismo.

Primera etapa: Del nacimiento a los 9 meses

La relación que se establece entre el bebé y el adulto se caracteriza por interacciones diádicas, entre dos, que se producen cara a cara a través de aspectos de comunicación no verbal como son la mirada, la expresión de la cara y la entonación. El bebé atiende a estos rasgos y responde a ellos, siguiendo ya desde los tres meses un patrón de turnos similar a las conversaciones adultas (preconversación). Poco a poco, va percibiendo, en su vida cotidiana la relación causa-efecto en las relaciones sociales, lo que le permite anticipar dichas situaciones y participar cada vez de forma más activa.

La discriminación de las emociones en los otros se produce muy pronto bajo el mecanismo denominado Intersubjetividad primaria, consistente en “contagiarse” de la emoción del otro, aunque aún sin vivenciarlo como ser con sus propias emociones.

Las primeras emociones que el bebé puede manifestar están muy polarizadas en los primeros meses, expresando placer/malestar, agrado/desagrado. El llanto es su forma de comunicar sus necesidades y la sonrisa su forma de interactuar positivamente con los otros, siendo la llamada sonrisa social, que aparece a los tres meses, cualitativamente diferente a la sonrisa de tipo involuntaria que tiene lugar antes, en el sentido de ser específicamente dirigida a alguien. Sin embargo, dicha sonrisa así como la adquisición de un repertorio de emociones básicas, ya presentes al final de esta etapa (alegría, tristeza, miedo, sorpresa, frustración e ira) no aparecen de manera abrupta sino precisamente en el seno de una interacción social en ese contexto cara a cara característico de esta etapa.

Por tanto, la forma en que el adulto puede facilitar la comprensión y expresión emocional del bebé es interactuando de manera frecuente con él de esta manera, incluyendo en la interacción la expresión de diferentes emociones, de manera pausada, permitiendo que el niño las imite y propiciando que intervenga en su turno. Interacciones excesivamente dirigidas por el adulto, donde no se le dé tiempo a responder no ayudan a que el bebé atienda a las distintas expresiones y pueda dar su respuesta para ver la consecuencia en la expresión del otro.

Igualmente, los juegos sociales, de tipo circular, como son “aserrín-aserrán”, “cucú-tras”, etc, que se repiten de la misma forma en cada ocasión, facilitan esa comprensión causa-efecto en las relaciones sociales que le llevarán a comprender y poder iniciar por sí mismo interacciones con los otros.

Sin embargo, nada de esto es posible, si no es bajo el “paraguas” de una relación afectiva en la que se genera el vínculo emocional, lazo que emerge entre el bebé y las figuras que le cuidan y que le proporciona sentimientos tan básicos para el ser humano como el sentirse querido y protegido. No basta con querer al bebé, hay que demostrárselo con toda la frecuencia posible, siendo especialmente positivos los momentos que se repiten todos los días como parte de una rutina, como son la alimentación o el baño, ideales para detenerse y disfrutar del contacto físico transmitiendo al bebé nuestro amor.

Algo que nos puede parecer evidente, no ha sido así en otras épocas de la historia. El síndrome de hospitalismo descrito por Spitz y las investigaciones realizadas con monos por Harlow en los años cincuenta, fueron algunos de los acontecimientos que contribuyeron a tomar conciencia de la importancia del afecto en la primera infancia y las consecuencias dramáticas que la falta de éste produce en el desarrollo posterior.

Segunda etapa: De los 9 a los 18 meses

En esta segunda etapa, la interacción con el adulto pasa de ser diádica a ser tríadica, ya que entra en juego un tercer elemento, los objetos. El bebé empieza a interesarse por el mundo que le rodea el cual desea descubrir, coincidiendo con la etapa del gateo. La posibilidad de exploración que le permite poder desplazarse y separarse de su madre conlleva la fase más aguda en la formación del apego, en la que el niño llora con gran desconsuelo y angustia ante la separación de la madre. Mientras la figura de apego está presente el bebé explora libremente el medio cercano, pero en el momento en que esa proximidad se reduce, cesa en su exploración activándose las conductas de apego, estableciéndose por tanto una relación inversa entre apego y exploración. Al final de la etapa, el apego ya está consolidado y el bebé estará preparado para abrirse a nuevas relaciones sociales una vez superada esa fase crítica.

La teoría del apego de Bowlby y las investigaciones de Ainsworth en los años setenta proporcionaron la descripción de cómo se forma el apego y como, en función del estilo de crianza de los adultos, éste puede ser de tipo seguro o inseguro. En el apego de tipo seguro, el bebé llora con angustia al separarse de la madre dejándose de interesar por los objetos que hay a su alrededor. Sin embargo, en el momento en que ella reaparece y le consuela, el bebé se calma fácilmente y continúa con su exploración. Por el contrario, si el tipo de apego es inseguro, cuando se reencuentra con la madre puede rechazarla o no conseguir calmarse a pesar de los intentos de ésta (tipo inseguro-evitativo en el primer caso e inseguro-ambivalente en el segundo).

Las investigaciones demuestran que es la forma de relacionarse de la madre la que condiciona que el apego se forme de manera adecuada y segura. Los primeros estudios se centraron en la madre pero investigaciones posteriores demuestran que los resultados son los mismos con la figura del padre. Ser sensible a las señales emocionales del niño, estar disponible en todo momento cuando el bebé reclama nuestra presencia y responder a sus demandas de manera constante y coherente, son los aspectos que facilitan el apego seguro. El término “crianza con apego”, de uso cada vez más común hoy en día, hace referencia a ese estilo de crianza sensible, responsiva y coherente.

En esta etapa, fruto de esa curiosidad por conocer el medio, aparecen las llamadas conductas de Atención Conjunta, cuyo objetivo es dirigir la atención del otro hacia algún aspecto del entorno con la intención de compartirlo y que se manifiesta a través del gesto de señalar, que aparece entre los nueve y doce meses. Es el mismo gesto que el niño utiliza para realizar las primeras conductas de petición, pero a pesar de tener la misma forma, la intención es completamente diferente (función protodeclarativa en el primer caso y protoimperativa en el segundo).

Atender los dos (adulto y niño) a la misma cosa, es una poderosa arma de interacción y favorece la comprensión del medio. El niño señala algo que le provoca interés, dirige la atención del adulto hacia ello y éste se lo nombra. Igualmente ocurre a la inversa. El adulto señala algo, el niño sigue su mirada y el gesto de señalar y presta atención a aquello que señala interesándose en lo que el adulto dice sobre ello. Por ello, es especialmente relevante en el aprendizaje del lenguaje, favoreciendo la asociación de las palabras con su referente y la aparición de las primeras palabras. Prestar atención a lo que el niño mira y/o señala y, a su vez, mostrarle al niño aquello que le rodea son conductas facilitadoras que contribuyen a establecer una interacción social adecuada.

La Acción Conjunta representa también una serie de conductas que reflejan la interacción tríadica. Se trata del uso compartido de objetos. Lo que el niño busca no es solo dirigir la atención del adulto hacia los objetos, sino que éste realice una acción determinada con los mismos. Dar, tomar, ofrecer, mostrar, manipular conjuntamente favorecen la interacción con el otro a través de los objetos y permiten que el niño descubra el uso funcional de los mismos. Dedicar tiempo a manipular junto con el bebé los objetos, imitando sus acciones, estableciendo una toma de turnos y poco a poco introduciendo acciones nuevas, favorece el desarrollo de las habilidades sociales.

Por último, en esta etapa, el tipo de comprensión emocional se caracteriza por la Intersubjetividad Secundaria. El niño ya no solo se contagia de nuestras expresiones emocionales sino que comprende la intencionalidad de las mismas, entendiendo el papel del adulto como agente emocional. Ya no responde con la misma emoción sino que lo hace de manera diferente en función de la misma, teniendo en cuenta la expresión emocional del adulto como guía para sus propias acciones. Es lo que se observa en la llamada Referencia Social, que ocurre en situaciones ambiguas en las que el bebé no sabe muy bien qué respuesta dar y qué debe sentir, buscando en la expresión emocional del adulto la respuesta.

Tercera etapa: De los 18 meses a los 3 años

Esta última etapa supone un cambio cualitativo respecto a las anteriores. A los 18 meses el niño empieza a tener representaciones mentales de objetos, hechos y personas, incluido de sí mismo. Ello da lugar a la Autoconciencia, el descubrimiento del Yo. Descubrirse a sí mismo supone el primer gran paso hacia la independencia. El niño comienza a querer hacer cosas por sí mismo, a tomar decisiones y seguir sus propios criterios. Además, ya tiene un apego establecido y eso le abre las puertas a la relación social con otras personas y con los iguales.

Sin embargo, el desarrollo de todas estas capacidades va teniendo lugar de forma paulatina y va acompañado de la falta de conciencia de sus propias limitaciones, lo que hace frecuente la aparición de conflictos entre lo que quiere y puede hacer o los límites que le marcan los adultos. El oposicionismo y las rabietas son característicos en esta etapa y los padres se encuentran a veces con dificultades para manejar el comportamiento del niño. Vivirlo con tranquilidad, comprendiendo que es una etapa evolutiva más, en la que el propio niño se ve superado por sus propias emociones, favorecerá que tome conciencia de los límites tanto internos como externos. No es adecuado darle todo lo que pide para que no llore, pero sí es necesario prestar atención a esos sentimientos de frustración que el niño aún no sabe manejar. Acompañarle, ponerse en su lugar, calmarle y explicarle lo que ocurre poniendo palabras a sus sentimientos harán que poco a poco vaya adquiriendo la capacidad de autorregulación emocional de la que aún carece.

Por otra parte, en su repertorio emocional, aparecen nuevas emociones como el orgullo, la vergüenza o los miedos. Necesita que el adulto le ayude a canalizarlos, explicando el significado de estas nuevas emociones. Su curiosidad por el mundo emocional aumenta también en esta etapa. Quiere saber qué le pasa a los demás y porqué, y muestra las primeras conductas de consuelo hacia los otros, lo que indica que está desarrollando la capacidad de empatía. Hay que darle todas las respuestas y no ocultar las emociones “negativas” que suceden a su alrededor. No importa que nos vean enfadados, tristes o preocupados; son parte del mundo emocional del ser humano. Por tanto, un ambiente en el que se hable habitualmente de los sentimientos ayudará al niño a comprender su significado y aprender que las emociones son una parte muy importante de la vida de las personas.

Por último, en esta etapa se inician las relaciones con los iguales. Ya desde antes los bebés se interesan por los otros bebés. Se miran, se tocan, pero no tienen aún capacidad para interactuar de forma continuada. A los dos años pueden jugar juntos, en el sentido de compartir espacio y tiempo de juego, con breves interacciones basadas en mirar lo que hace el otro e incluso imitar sus acciones, pero aún sin compartir los objetos. Es el llamado Juego Paralelo que ya al final de la etapa se convertirá en Juego Compartido.

Esta capacidad para compartir surge, por una parte, con el propio desarrollo del niño, con el desarrollo del lenguaje, la evolución en el propio juego (cada vez más imaginativo) y la aparición de las primeras habilidades mentalistas, es decir, la comprensión de que los demás tienen sus propias intenciones, preferencias, sentimientos, aspectos no siempre coincidentes con los suyos.

Pero por otra, es algo que el niño tiene que aprenderlo y lo hará en función de las experiencias y relaciones vividas en sus juegos con otros niños. Por tanto, podemos facilitarlo si proporcionamos esos encuentros y mediamos en los conflictos que surjan. Sin recriminar, sino mostrando de manera positiva como pueden establecer unos turnos, intercambiar los juguetes o realizar peticiones al otro de manera adecuada.


PARA SABER MÁS:

  • Bowlby, J. El apego y la pérdida. Paidós, 1980.
  • González, C. Bésame mucho. Temas de hoy, 2012.
  • Harris, P. Los niños y las emociones. Alianza Editorial, 1992.
  • Piaget, J e Inhelder, B. Psicología del niño. Morata, 1971.
  • Rivière, A y Núñez, M. La mirada mental. Desarrollo de las capacidades cognitivas interpersonales. Aique. Buenos Aires, 1996.
  • Shapiro, L.E. La inteligencia emocional de los niños. Grupo Zeta. Buenos Aires, 1997


RECURSOS WEB:

  • enciclopedia-infantes.com
    Enciclopedia sobre el desarrollo en la primera infancia. Web sobre conocimientos científicos actualizados sobre desarrollo en la primera infancia. Artículos sobre el temperamento, el apego y la relación entre iguales, entre otros.
  • antesprimeraspalabras.upf.edu
    Web de divulgación científica sobre la comunicación infantil durante el primer año de vida. Artículos sobre atención conjunta y otros precursores del lenguaje relacionados con la interacción social. Contiene vídeos sobre las habilidades básicas de interacción.


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TEXTO:
Marta Barcenilla

De donde no hay, no se puede sacar.

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